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miércoles, 22 de julio de 2020

¿Qué es la Tanatología?

 Por: Silvio Marinelli

En la mitología griega, Thánatos (en griego Θάνατος, ‘muerte’) era la personificación de la muerte no violenta. Su toque era suave, como el de su hermano gemelo Hipnos, el sueño (el Sueño “daba muerte” cada noche a los hombres, imitando a su hermano mayor).

En el arte, Thánatos era representado como un hombre joven llevando una mariposa (las mariposas son un símbolo universal de transformación de la vida; este proceso de metamorfosis que las hace capaces de pasar de un capullo a volar libres en el cielo), una corona (símbolo de su poder) o una antorcha invertida en sus manos que se le apaga o se le cae (símbolo del fin de la vida). A veces, tiene dos alas y una espada sujeta a su cinturón. La muerte es representada también con una guadaña, un ánfora y una mariposa: la guadaña sirve para indicar que los hombres serán segados en masa, el ánfora para guardar las cenizas y la mariposa volando es el emblema de la esperanza en otra vida.

Este término fue forjado – según algunos autores - en 1901 por el médico ruso Elías Metchnikoff quien recibió en 1908 el premio Nobel de Medicina; en ese tiempo la Tanatología fue considerada como una rama de la medicina forense que trataba la muerte y todo lo relativo a los cadáveres desde el punto de vista médico-legal.

En los años sesenta del siglo XX se le da otro enfoque: se construye la disciplina que estudia el fenómeno de la muerte en los seres humanos desde diferentes puntos de vista, para propiciar un mejor acompañamiento de los moribundos y en la situación de duelo por la muerte de un ser querido.

Destaca en la reciente historia de la tanatología la psiquiatra Elisabeth Kübler Ross (autora de varios libros como “Sobre los muertos y los moribundos”). Nacida en Suiza, en 1958 se mudó a Nueva York, en donde se horrorizó por el tratamiento que se les daba a los enfermos terminales. En una publicación refiere: “Mi meta era romper con la barrera de la negación profesional que prohibía a los pacientes expresar sus más íntimas preocupaciones”.

La palabra tanatología viene del griego θάνατος - thánatos (= muerte) y λογία - logía (= estudio, discurso, tratado, disciplina, razonamiento). El objetivo inicial de la tanatología era proporcionar ayuda profesional al paciente con una enfermedad en etapa terminal y a sus familias. Fue aceptada como ciencia a partir de las décadas 50’s-60’s del siglo XX.

Hasta la actualidad, se ha caracterizado por su dimensión interdisciplinaria, tomando en cuenta aspectos médico-clínicos, psicológicos, sociales, jurídico-legales, espirituales y religiosos.


Reloj De Bolsillo, Momento De La, Arena 

sábado, 18 de julio de 2020

¿Educarnos a morir?

 Por: Silvio Marinelli


Todos sabemos qué es la muerte. Tal vez podemos disentir respecto a cómo definirla: efectivamente no es fácil; podemos dar diferentes definiciones o aspectos, de tipo biológico, filosófico, teológico, psicológico o social. A lo largo de este trabajo, ofreceremos diferentes perspectivas y reflexiones.

Søren Kierkegaard la definió “maestra de seriedad en la vida”. Efectivamente, para entender la muerte es necesario entender, definir, estudiar la vida y comprometerse en ella. Algunos autores hablan, a este propósito, de una metodología “de la elipsis”[1], ubicando vida y muerte en esta figura geométrica en donde los dos términos se implican e imbrican mutuamente: podemos poner nuestro “foco” en uno de los dos términos, sin embargo, uno necesita del otro para comprenderse y encontrar una lógica.

La muerte no se opone a la vida, es parte de ella. Muerte y vida se condicionan de manera recíproca: la una no puede existir sin la otra. “Nuestra vida y nuestra muerte –nos dice el maestro zen Shunryu Suzuki- son la misma cosa”. “El morir es uno de los deberes de la vida”, afirma Séneca, quien nos exhorta cumplir con presteza y buen ánimo tan importante deber, ya que “la vida, si carece del valor para morir, se convierte en una auténtica esclavitud”: “no importa morir pronto o tarde; morir bien o mal es lo que importa”.

Nuestra vida tendrá sentido en la medida en que seamos capaces de descubrir el sentido de nuestra muerte. Únicamente podré llenar de significación y sustancia mi vivir si soy capaz de dar significado a mi propio fallecer y morir. Saint-Exupéry supo expresarlo con palabras acertadas: “Quien da un sentido a la vida, da un sentido a la muerte. ¡La muerte es tan dulce cuando está en el orden de las cosas!”. Se retoma un axioma latino antiguo: “Ars moriendi, ars viviendi”, es decir, “el arte de morir es el arte de vivir”.

Si hay un rasgo que define la mentalidad moderna, éste es el del rechazo o huida de la muerte. Hace décadas, las personas morían en su casa, rodeadas de su familia, incluidos los niños, amigos y vecinos. El acto de morir era, por tanto, un hecho asumido desde la infancia. Desde niño se presenciaba la muerte de los seres queridos, se conocía su existencia y también la forma en que cada uno se preparaba para morir, para afrontar la despedida, sin duda con sufrimiento. Hoy, las cosas han cambiado[1]. La mayoría de la población desea morir sin dolor, en casa y rodeado de su familia; en realidad la mayoría muere en un hospital. Ya no queremos velar los cadáveres en casa; queremos recibir a la familia y amigos en un lugar ajeno; por lo que las empresas funerarias ofertan todo tipo de servicios. También el luto es considerado hoy como una "costumbre obsoleta", arraigado sólo en el medio tradicional. Los funerales suelen ser breves y la cremación es cada vez más frecuente. La salud y la belleza constituyen una exigencia, casi un “derecho”. El hombre vive proyectado en el futuro, pero sólo en la dimensión placentera: el proyecto de vida rechaza y niega el sufrimiento (podemos interpretar de esta manera la petición de eutanasia). Se pide una “muerte digna”, interpretándose la dignidad como falta de sufrimiento. Nuestra civilización niega la muerte.


Desesperado, Triste, Deprimido, Pies



[1] BRUSCO A., Humanización de la asistencia al enfermo, Sal Terrae, Santander 1999. 



[1] GIANNONI P., Muerte y morir, En Diccionario de Pastoral de la Salud y Bioética, San Pablo, 2009, pp. 1149-1154.


sábado, 27 de junio de 2020

El duelo y la depresión en el psicoanálisis

Por: Mtro. Omar Olvera Cervantes


Freud es uno de los primeros en hablar del duelo en su escrito titulado “Duelo y melancolía” de 1917. En este escrito, Freud va más allá del duelo como experiencia o modo de afrontamiento ante la muerte de un ser querido, y entiende por duelo la reacción frente a la pérdida de una persona amada o de una abstracción que haga sus veces, como la patria, la libertad, un ideal, etc. Este autor nos habla de pérdidas que pueden o no ser verificadas de forma concreta, ya que también considera el fenómeno del duelo provocado por pérdidas no tangibles, que como se mencionaba pueden ser la patria, los ideales que al perderlos por determinadas situaciones el sujeto se enfrenta con una pérdida o un duelo por aquello que en cierto momento tenía un sentido y un valor determinado.

El autor también nos habla del duelo normal que sucede ante la pérdida de una persona querida o alguna abstracción de esta figura como en el ejemplo anterior, concibe que el duelo es la reacción normal ante la pérdida y es a través del trabajo de duelo que el sujeto será capaz de entenderla y aceptarla.

En este sentido, la melancolía es un fenómeno emocional que comparte la mayoría de las características con el duelo pero que se eterniza en el tiempo; además de que la emoción avasalla a la conciencia de quien lo padece, volviendo patológico aquello que es esperable que ocurra en el proceso del duelo normal, al grado de que la emoción puede llegar a instalarse y ser la emoción dominante incluso sobre la conciencia y la libertad.

En el duelo normal, el sujeto que experimenta la pérdida tendrá como tarea necesaria hacer experiencia de la realidad de la falta y sentir ese dolor junto a todas las emociones que ello conlleva, para aceptar que ese ser amado ya no está, que la pérdida es irreparable.

El trabajo de duelo implica desmontar una multitud de representaciones que estaban ligadas a ese objeto amado. El trabajo de duelo implica que la libido unida a aquel objeto amado, junto a los recuerdos y las esperanzas, se libere de los anclajes de la representación; es parte del desconcierto ya que la libido busca su destino y ese destino ya no esta más ahí, una vez libre espera la llegada de un objeto sustitutivo. En este sentido, los síntomas del duelo pasado cierto tiempo tienden a ser menos intensos y van desapareciendo sin dejar tras de sí graves secuelas registrables, sólo una añoranza que se une a las imágenes del recuerdo cuando éste evoca al amor perdido.

En este sentido existe una distinción entre el objeto real perdido y el significado interior de la pérdida. En muchos duelos, el objeto ha muerto pero no de forma real; su pérdida tiene que ver con la pérdida de éste como objeto de amor. Muere la relación, éste es un duelo complicado porque el otro no ha muerto y en la fase inicial o incluso al paso del tiempo dependiendo de la intensidad del apego, sobrevive una esperanza, un pretexto para volver a ese objeto. Algo así explora Lacan en un texto llamado “Erótica del duelo en el tiempo de la muerte seca”.

En el caso del duelo infantil, desde la postura de Freud, hablamos del duelo original y se trata de la pérdida de las primeras representaciones de apego, como la figura materna, el pecho materno y todo el conjunto de significados que se generan en esa primera relación como lo es el amor, la bondad, la seguridad, la gratitud, el sentirse satisfecho, cálido y consolado. Desafortunadamente se ha interpretado todo esto desde el concepto cultural de lo erótico como algo sólo sexual; sin embargo como vemos en este breve artículo en renglones arriba, la relación con la madre no se resuelve sólo desde su aspecto sexual al que malamente se ha limitado a este concepto; vemos que es mucho más y que ciertamente tiene algo de contenido sexual, pero no es ni siquiera la mayor parte y además hablamos de la sexualidad humana común a todos adecuada a la etapa de desarrollo en la que nos encontremos. Estamos hablando sólo de una parte entre otras, que nos hacen descubrir la complejidad de los significados que tiene esta primera relación del niño. La angustia y dolor que siente por la pérdida o lejanía momentánea de destino de su afecto y apego es un arquetipo de los futuros duelos. En este sentido hay personas que han vivido desde el inicio de su vida en duelo, estamos hablando de las personalidades depresivas y melancólicas que hablan de no saber el origen de estas emociones; en este caso por diferentes circunstancias la persona inicia su camino ya en duelo. El sentimiento de la pérdida inicial será la óptica desde la que viva muchas situaciones de su vida.

Igualmente, el niño teme la pérdida de aquellos objetos amados que en sus fantasías son destruidos, hablamos del padre y los hermanos, esto genera en él sentimientos de culpa y pérdida. Más adelante, Melanie Klein llamará “posición depresiva” a la preocupación que surge en el niño por el temor de que esos objetos amados se pierdan a raíz de sus fantasías. El niño, por medio de su pensamiento mágico, ha incorporado estas figuras a sí mismo y las sentirá dentro de sí vivas; en su mente son objetos internalizados, sobre los cuales puede operar algún daño.

Ese daño genera en el niño culpa y angustia de que sus fantasías se cumplan como lo dijimos antes; de ahí nace el deseo de la reparación. También en torno a la figura del alimento materno surge de la sensación de estar satisfecho, el sentimiento de la gratitud.

Todos los objetos que son internalizados por el niño adquieren características imaginarias desconocidas para todos los demás, este proceso es igual en los adultos sólo que, a diferencia de los niños que tienen un primer contacto con la realidad y se generan significados emocionales a partir de su experiencia primaria con esa realidad; en los adultos los significados y sentidos se acumulan y se diferencian por las circunstancias, lugares y personas a las que se les ha dado una posición simbólica.

Las dudas y ansiedades que se nos presentan nos incentivan a conocer y observar los objetos, realidades, contextos, personas, emociones del mundo externo que forman parte de nuestro mundo interno; la ansiedad moderada es hasta cierto punto necesaria ya que nos impulsa, da seguridad y sirve para que continuamente nos adaptemos al mundo.

La ansiedad se hace patológica cuando impide ese proceso de reconocimiento y adaptación continua a la realidad.  En este sentido el duelo y las emociones negativas o desagradables no son necesariamente negativas, en realidad nos frustran y nos mueven a buscar superarlas. En el juicio de realidad, la adaptación continua permite a cada persona medir el grado de dominio que puede ejercer en su contexto, dominando o delimitando la realidad; en este sentido sabemos que podemos prevenir alguna experiencia negativa o por lo menos prepararnos para vivirla y así delimitar el posible daño, y de esta manera preservar los elementos apreciables de nuestra realidad en el amor. También nos obliga a reconocer la irremediable vulnerabilidad que en algún momento se manifestará de forma gradual hasta su definitiva expresión por medio de la muerte del otro que nos anuncia la propia.
La posición depresiva infantil es la posición central en el desarrollo del niño; en la neurosis infantil aparecen las primeras posiciones depresivas, las cuales se elaboran y continuamente se superan, en algún grado quedan residuos no elaborados, estos residuos emocionales son el origen de inadaptaciones futuras. La posición depresiva junto con el desarrollo sexual será parte importante del proceso de integración y organización en el niño.

La angustia o el temor por perder los objetos apreciados o amados es parte de la teoría que Melanie Klein desarrolla como posición depresiva infantil, para esta autora son fundamentales en la organización del yo infantil. Las defensas que se presentan ante la posibilidad de perder estos objetos es primordial para el desarrollo normal del niño; Melanie Klein observó y tematizó la variación entre la posición depresiva y la maníaca. Los aspectos depresivos conducen al yo a generar fantasías de omnipotencia y además con tintes violentos para controlar los objetos peligrosos y proteger a los buenos; estas fantasías incitan reacciones violentas en los niños que son muy claras cuando, por ejemplo,  están ante la posibilidad de tener a un hermano y cuando el bebé está ya presente, puede darse alguna conducta violenta destructora del otro, éstas deben ser identificadas principalmente por los padres que deberán limitar o contener estos actos para anular ese pensamiento omnipotente destructor o más bien para permitirle contenerlo.

Lirios, La Oscuridad, Trauerkarte, Duelo

En el duelo, cuando la pérdida deja de ser una fantasía y se concreta, el mundo interno parece desgarrarse o romperse; los pensamientos mágicos u omnipotentes no pudieron evitar la pérdida. La persona en duelo por la pérdida del objeto amado no sólo reinstala al objeto que perdió en su propio yo, sino que también se reinstalan aquellos objetos buenos internalizados (padres) en su desarrollo temprano.

La reelaboración de los duelos presentes también ayudan a superar los duelos pasados. En este sentido tienen que ver con las formas de separación de los objetos primeros, lo cual genera en el sujeto deudo una revolución de su mundo interno. El no permitirle a la persona, niño o adulto, reconocer lo concreto de la pérdida y hacer el trabajo del duelo, reconociendo sus propias emociones en cada etapa, le limitará en la vivencia de los duelos y cualquier situación difícil; es decir, le hace más vulnerable.

Algo que es muy importante y que hemos mencionado antes de forma indirecta es el hecho de que el reconocer lo concreto de la pérdida y el trabajo del duelo, no significan olvidar al ser entrañable que se ha perdido; sino más bien se trata de desprenderse del muerto de un modo pero para instalarlo en un lugar especial, en el lugar de lo inolvidable.

martes, 10 de marzo de 2020

GRUPO DE AYUDA EN DUELO PARA NIÑOS


La finalidad del grupo de ayuda en duelo dirigido a niños que ofrece el Centro San Camilo es, precisamente, que el menor reconozca y afronte sus sentimientos referentes a la pérdida y adquiera un mejor discernimiento de sí mismo; paralelamente, brindar herramientas de afrontamiento positivo en un ambiente de calidez humana en donde desarrolle habilidades de comunicación, convivencia social y familiar. 

Conjuntamente con este objetivo se encuentra el favorecer el trabajo en equipo en el cual existen elementos, que resulten de apoyo en el momento del sufrimiento. Dentro del espacio, los pequeños se sienten comprendidos, escuchados, en un contexto donde no se enjuicia y en el que puede compartir su experiencia y, al mismo tiempo, está siendo vivida también por el resto de los menores, con las diferentes características de cada caso.

En el taller, los participantes construyen vínculos de amistad, de compasión, empatía, además comparten sentimientos difíciles, normalizan su experiencia, identifican otras formas de vivir y afrontar la pérdida para juntos descubrir nuevos significados y esperanzas. Todo ello hace que el grupo de apoyo sea un espacio recomendable para reducir el aislamiento, aumentar la autoestima y ganar confianza en sí mismos, recuperando el sentido y control de la propia vida, llegando a un enriquecimiento individual. 

Si ustedes conocen o tienen niños que se encuentran en un proceso de duelo se hace la invitación para que acudan a estos talleres, los cuales tiene una duración de ocho sesiones de hora y media cada una. La edad requerida para participar es de 6 a 10 años.  



martes, 25 de febrero de 2020

La desigualdad, la muerte y la cultura

Por: Omar Cervantes Olvera

La muerte es una realidad que no hace distinción de nadie; “es un hecho muy democrático”, sin embargo, no existe una muerte igual a otra. El contexto que rodea a cada muerte es lo que marca las diferencias y lo que pondrá sus acentos particulares a la vivencia del duelo de los sobrevivientes. La posibilidad de que los dolientes den sentido a su pérdida a veces tendrá que trascender lo irracional, lo cruento, la marginalidad de la situación en la que acontece la muerte, cuando no obedece a causas naturales.



La aceptación de una muerte injusta lleva implícita la aceptación de la realidad que la ha provocado y aun más: el perdón; muchas veces es un perdón dado a agentes desconocidos. Esto no significa conformidad; vemos en nuestro país como los dolientes llevan esta experiencia de dolor a desembocar en un activismo en favor de otros que, como ellos, han o están atravesando situaciones similares. Esta respuesta social pone sobre la mesa un conjunto de valores que sorprenden y socialmente nos mueven a tomar conciencia de este contexto, a solidarizarnos, y a otros grupos sociales a meter la cabeza en la tierra.



La muerte de un niño, de un joven, de un padre de familia, representan fenómenos que ponen al limite la capacidad de integración de este hecho, por indeseable, no previsible, por las expectativas rotas en el caso de los niños o jóvenes que mueren y la vulnerabilidad a la que se exponen los hijos, por ejemplo, ante la pérdida de un  padre de familia.



En el caso de una persona que muere como consecuencia natural de su ciclo vital, se mira como una conclusión previsible y no por eso no deja de ser doloroso. En el caso de las muertes infantiles, jóvenes etc.; se percibe como una intransigencia de Dios, del destino, de la maldad de otros; se les ha “arrebatado” la vida, lo cual marca el duelo y luto de madres y padres, atribuyendo a la muerte ser antinatural e injusta.



El contexto familiar y cultural, la forma en la que haya acontecido la muerte fundamentarán el que se pueda dar o no sentido a esta muerte; además el que se actúe de forma solidaria con la familia doliente que muchas veces es acompañada de forma solidaria, en otras ocasiones el factor vergonzante de la forma en que haya muerto algún miembro de una familia y el temor por el señalamiento social les obligará a vivir su duelo de forma aislada y hasta oprimida por el aparato del Estado; lo que sin duda instala un sentido vergonzante del duelo, en la indiferencia social.



Culturalmente entendemos que la muerte de un hijo es considerada como el evento más doloroso y estresante vital que se puede enfrentar; esto en la perspectiva de los padres. Igualmente, en nuestra cultura en general no tomamos en cuenta el dolor que un niño puede padecer ante la muerte de uno de sus padres, seguramente semejante o incluso más complejo por los cambios que este hecho implicaría en la vida de un niño, que desafortunadamente le vulneran y exponen a otros riesgos, de los cuales un adulto está exento. Podemos señalar algunos factores que complican este acontecimiento: la violencia, la culpa, la baja autoestima, los conflictos, la falta de espacios de desahogo y de acompañamiento, el desempleo, la pobreza y marginación, la migración etc.…



Con todo lo comentado previamente se ve la necesidad de tomar en cuenta más variables respecto al contexto interno y externo de la persona que vive en duelo, la práctica del acompañamiento corre siempre el peligro de reducir a la persona a un esquema y el acompañamiento a una técnica, lo cual nos revela incluso el que el terapeuta o acompañante no se escapa de introducir en su práctica de acompañamiento sus propios esquemas culturales, formativos e incluso sus mismas creencias de tipo religioso; estos aspectos sin la capacidad de objetivarse así mismo ocasionarán que el acompañante esté en realidad fracasando en su intento de ayudar a alguien, por que quizás sus esquemas lesionen la integridad afectiva, ideológica, ética o moral del acompañado.  



El autor Neimeyer en su libro: Aprender de la pérdida (2007) nos expresa una serie elementos prácticos para el acompañamiento, con una perspectiva multidisciplinaria, exponiendo la excesiva superficialidad y simplicidad de las teorías tradicionales sobre el duelo. Además, desarrolla una nueva teoría sobre el duelo como proceso de “reconstrucción de significados”. Considera el duelo como un proceso activo de transformación. Nos señala la necesidad de movilizar los recursos personales y sociales necesarios para lograr su curación. Sugiere la ritualización y la conservación del recuerdo de las personas y cosas que perdemos. Distingue el efecto de diferentes tipos de pérdidas, que van desde la muerte hasta las pérdidas laborales y relacionales. Si bien parece una propuesta bastante amplia, podemos quedarnos con la inquietud de continuar desarrollando y ampliando las estrategias de intervención y acompañamiento de forma que se pueda responder verdaderamente a las necesidades de la persona, y no de las teorías.



En este sentido y desde una perspectiva interdisciplinaria amplia, se puede verificar que los fenómenos de la pérdida, de la pena y del duelo están construidos por la relación simbólica, la subjetividad, las emociones enmarcadas por un modelo cultural en una época.  



La realidad de estas relaciones de tipo simbólico, cultural, van más allá de la muerte como un fenómeno propio de la naturaleza biológica. La muerte rompe, desestabiliza, este conjunto de relaciones abriendo la oportunidad de construir nuevo sistema de relaciones y, tal vez, una refundación del sistema de creencias de tipo social y religioso.



Lo que pensamos en realidad de la muerte más allá del folklore es una construcción que tiene que ver con las circunstancias de la época y con la forma concreta en la que se han formulado nuestras expectativas de la vida en manera individual. La aparición de diferentes estructuras religiosas contemporáneas de corte neopagano tiene que ver con la incapacidad de nuestros sistemas de creencias de dar respuesta a esa terrible pregunta sobre el sentido de la vida y el más allá, y también con la realidad de que el estilo de vida occidental no provee a un amplio margen de población de satisfactores que den un sentido mas fundamental a la experiencia de vivir cotidiano.



Se buscan respuestas; nuestra cultura se ha encargado de generar bienes y servicios que hacen de la vida algo sencillo, tenemos acceso a mucha información, mucho más que antes, y que en cualquier época, accesible casi de forma inmediata, tratamos de dominar nuestro, mundo desde un a pantalla; deseamos conseguir todo, al final, pudiera ser que, a pesar de haber vivido poseyendo y disfrutando de lo que se podía conseguir, se pueda tomar conciencia de que se ha vivido sin ningún sentido.

Estas ideas suenan trilladas, repetitivas, quizás dignas de un sermón y es verdad; sin embargo, eso no les quita el peso y actualidad. Por la prisa de tener lo que se desea sin limites, sin otro que nos frustre las aspiraciones que nos hemos generado desde la imagen cultural del mundo actual, vamos aceptando social y culturalmente la idea de hacer a un lado a esos que nos parecen indeseables y la ayuda que se puede prestar se ve como un gasto, como una pérdida, el tiempo no tiene espacios para alguien más.



El ser humano se construye junto con el otro, el sentido de la vida se va hilando desde el comienzo hasta el final en las relaciones que establecemos, en los otros están las respuestas.






lunes, 27 de enero de 2020

Las emociones en el duelo




Lic. Omar Olvera Cervantes





Ante un acontecimiento que nos somete a un proceso de duelo, experimentamos una explosión emocional, que rompe la estabilidad de lo cotidiano; vivimos entre la sorpresa y la confusión, que nos produce el dolor y el desasosiego de la ausencia de nuestro ser querido.

Tenemos también el desconcierto que provoca la forma en la que se le ha perdido. Sobre todo ahora, ante el fenómeno de la violencia, tardamos mucho en asimilar el hecho de la nueva realidad; entonces, tenemos que echar mano de nuestros recursos personales, resilientes, del conjunto de valores que nos sostienen en nuestra identidad ética y moral, de nuestra espiritualidad y creencias religiosas. Ante lo incomprensible de este acontecimiento se abren las puertas de un sentido de esperanza y confianza en la idea de un más allá distinto y mejor a nuestra realidad terrena.

Muchas veces, escuchamos cómo las opiniones “expertas” descalifican y etiquetan a las personas que expresan su pesar emocional; o incluso nosotros mismos seguramente en algún momento hemos calificado como irracionales las emociones que viven las personas en duelo, principalmente al inicio del mismo y durante el tiempo que dura el proceso, en el que cada persona, pueda tramitar su duelo. Existirán de todas formas eventos familiares, fechas, lugares que guarden un significado especial respecto a la relación que éstos tienen con la persona o ser querido ausente y que generan o actualizan las emociones propias de la añoranza marcada por el duelo, al evocar los sucesos que se relacionan con la presencia de esa querida persona. Estas emociones no son irracionales, no son ni buenas ni malas; son una experiencia propia del duelo. Desafortunadamente, en el acompañamiento, muchos terapeutas se atreven a calificar moralmente esa experiencia, generando en la persona acompañada un tipo de culpa, por sentir lo que siente, por su desconsuelo…

También podemos ver la falta de empatía, la intransigencia al pretender saber más sobre la muerte que la persona que en ese momento la ha experimentado. Y es que esta pretensión también tiene que ver con la supuesta propia manera de resolver los conflictos, y se espera que el otro piense y actué o defina sus conflictos de la misma manera.

El hecho de que existan terapeutas que catalogan las emociones como positivas y negativas, racionales e irracionales, nos evidencia el proceso por el cual la pretensión de conocimiento anula la verdadera empatía. En estos casos, el acompañamiento no se da reconociendo al otro como un igual en una situación de dolor, se le minimiza o se le infantiliza. El duelo y la vida misma nos hacen experimentar emociones; las emociones son un recurso expresivo, son necesarias, facilitan el desahogo y cuando el duelo madura se transforman en emociones de esperanza y en consuelo.

En este proceso, es muy frecuente que las personas en situación de duelo prefieran evitar hablar, pensar, recordar al fallecido o la situación de la muerte (más cuando fue violenta o inesperada), como una forma de tratar de tener cierto control sobre su experiencia; esto implica un cierto desgaste emocional, cognitivo y físico, pues limita su capacidad de acción, esto provoca que se obstruya en realidad su capacidad de manejarse libre, ya que en este caso es el dolor es el que está determinando la apreciación de la propia vida. No se debe forzar ninguna reacción, no se debe presionar al doliente: acompañar significa respetar los tiempos del otro, su forma de percibir la vida y los acontecimientos que le hacen sufrir. Es una verdadera limitación intelectual asumir que el otro debe actuar o pensar o sentir como el que acompaña en su posición de terapeuta.

Algo que debe cuestionarnos de forma muy importante es que, si bien existe todavía en muchas personas la intención de donar su tiempo y de hacer el bien a otros, no existe la sensibilidad para empatizar y entender al otro en su contexto, de manera que tratamos de interpretar los sucesos de esa vida como análogos, similares a la propia vida.

No se trata de que la persona se conduzca de forma razonable según los parámetros del que acompaña, sino que, progresivamente - según el ritmo que la propia constitución psíquica, emocional, cultural, afectiva - la persona en duelo se apropie de ese acontecimiento que ha irrumpido en su vida. Este proceso va encaminado a la aceptación del hecho, al reconocimiento del conjunto de emociones que le han producido.

El acompañamiento trata de ayudar a que la persona pueda expresar sus emociones, una vez que las ha reconocido, que pueda sacarlas de la sombra donde éstas adquieren - desde el imaginario - dimensiones descomunales, limitando la libertad, las relaciones, generando fantasmas que no hacen más que atormentar el silencio.

Mientras en la cultura contemporánea, como hemos dicho en artículos anteriores, se busca negar y desechar todo lo que signifique dolor o sufrimiento, al ser una realidad connatural a la realidad humana, el dolor y el sufrimiento por cualquier causa son posibles e inevitablemente se presentarán. El hombre es capaz de generar vínculos de empatía y de afecto con los otros y con su entorno. En este sentido, cuando el hombre se haya constituido a sí mismo como un ente aislado, incapaz de reaccionar al otro con empatía y afecto, cuando su realidad deje de sorprenderle y sea como una terminal más de una red virtual, entonces quizás sea posible que haya aparecido un mero animal “inteligente”, pero incompleto. Este ser inteligente e incompleto no sería ya algo humano. Esto ya ha pasado: lo vimos con los nazis; la obediencia y el deber eran suficiente excusa para acabar con otros, sin remordimientos y sin empatía; lo vemos ahora con el racismo que no se ha superado; lo vemos con el clasismo y así hay muchas situaciones que nos deben confrontar respecto a nuestra inteligencia emocional.

Por otro lado, en la actualidad, tenemos todavía en muchos grupos sociales las consecuencias de una mala formación de la conciencia religiosa. Estos grupos asumen como necesario el sufrimiento para alcanzar su ideal de bondad o como un medio de purificación. No podemos imaginar la gran cantidad de dolor gratuito que se pudo haber ahorrado si se hubiera promovido una teología del consuelo, de la esperanza y del triunfo de Cristo sobre el mal y la muerte, y se hubiera predicado una verdadera teología de la salvación.

Este tipo de espiritualidades complican las situaciones de dolor, confunden aún más a la ya de por sí confundida persona, porque el mal se ve como un acto de venganza de Dios, como un cobro… o se instala un tipo de ateísmo ¿Por qué a mí, a nosotros?... ¿que hice para merecer esto? ¿Dios no me ha escuchado?... ¿Dios no existe, porque el mal es más evidente que el bien? Existe una gran contradicción en el hecho de que la religión se haya constituido en muchos casos, en épocas históricas bien definidas, gracias a este tipo de ideas en una fuente de sufrimiento, de violencia, cuando en esencia el sentido de su existencia tiene que ver con la práctica de la caridad y la misericordia, en ser fuente de perdón, esperanza y consuelo.

La espiritualidad bien fundamentada en la experiencia del amor y la misericordia favorece que se pueda descubrir un sentido a los acontecimientos dolorosos. En este sentido, las emociones desbordadas por el dolor de la pérdida tienen en la espiritualidad un recurso que, con el debido proceso y tiempo, podrán resignificar de forma creativa y trascendente el dolor y el sufrimiento. La mera razón podría tener respuestas lógicas y racionales, puede entender el conjunto de sucesos que desencadenan un acontecimiento mayor; en acontecimientos de gran impacto, en eventos traumáticos, las emociones van más allá de lo que la razón puede decir, se requiere de la espiritualidad, como un elemento integrador de la complejidad humana.



Cuando hablamos de emociones, del significado de los acontecimientos connaturales a la condición humana; hablamos de la subjetividad, de una construcción estrictamente individual, que, si bien al estar compartiendo la misma base temporal y cultural se pueden encontrar elementos compartidos, pero significados por esa misma subjetividad individual, lo que los hace en esencia diferentes.



Ante el comentario de un voluntario a su paciente: “no entiendo por qué no me entiendes lo que debes hacer…para sentirte mejor”; podríamos responder: “no entiendo por qué no entiendes que somos diferentes”… Esto es porque existe la tendencia a quitarle al otro la responsabilidad, a anular al que sufre. El otro siempre es una fuente de misericordia y misterio; respetemos el misterio y demos misericordia.


lunes, 28 de octubre de 2019


¿Por qué nos humaniza el sufrimiento? 

Por: Andrés Andrade Arango



El individuo siempre está en conflicto por su existencia: el vacío existencial nos lleva a sentir la soledad, el pasar del tiempo, a buscar distracciones vacías; por eso el conflicto personal del individuo. 



Entonces, la muerte trae la libertad; aunque el límite mayor de la vida es la muerte. Quiero resaltar que la muerte de un familiar querido genera sufrimiento y liberación. Esta liberación llega cuando se elabora un proceso de duelo asimilado, y el resultado es una libertad de VIVIR, SENTIR y AGRADECER, porque nos permite ser más cercanos a sus propias vivencias, buscando diferentes maneras de vivir, sentir y agradecer. Y es buen momento de experimentar nuevas cosas: hablar desde el corazón, comunicar tus necesidades, buscar nuevos pasatiempos, viajar a nuevos lugares, exigirte a ti mismo VIVIR. Así ser tu propio SER. 



Así, la autenticidad propia se encuentra con el límite de la vida. Viviendo sin miedo las emociones, asimilando situaciones y reflexionando de tu propia existencia. 



Imaginemos la vida sin pensamiento alguno sobre la muerte. La vida pierde algo de su intensidad. La vida se reduce cuando se niega la muerte. 



La muerte y la vida son hermanas; lo digo en femenino porque tienen su propia ternura, amor e ilusión. Aunque físicamente la muerte nos destruye, la idea de la muerte nos salva. Porque aceptamos el límite de la vida, nuestras limitaciones y habilidades, reconocer nuestras capacidades nos permite ser auténticos, porque nos vamos a llevar de por medio el amor. 



El amor nos enseña a cómo vivir, nos enseña todo el tiempo a buscar un sentido en la vida misma. El amor influye como vivimos, en nuestras decisiones, valores, aspiraciones y motivaciones de seguir viviendo, para así formar una personalidad en el individuo en la que crecerán ramas de esperanza, paz y coherencia si se es recto en las decisiones, así la vida dará frutos de amor, fraternidad y pasión de ser mejor persona cada día. 



La muerte le da el sabor a la vida, porque nos pone en perspectiva qué quiero vivir, cómo lo quiero vivir y cuáles son los recuerdos que quiero vivir. Estas decisiones se pueden encontrar con un buen acompañamiento, es precioso contemplar que la vida nos regala frutos nacidos de nuestras propias decisiones, riesgos, suposiciones o trabajo, que hacen nuestro camino de ser. 


Entonces, comprendemos porqué el sentimiento viene de la palabra latín sentire, que su raíz significa tomar una dirección, nos lleva a una dirección de vida ¡y todos los caminos llevan a Roma/amor!